Ciencia, Tecnología e Innovación en Colombia hoy

Ciencia, Tecnología e Innovación en Colombia hoy

Ya es una verdad de perogrullo la afirmación de que vivimos en una economía del conocimiento y que por tanto la ciencia, la tecnología y la innovación condicionan el desarrollo de las naciones. Ha sido repetida tantas veces que uno podría pensar que ya debía reflejarse en nuestros planes y políticas. Sin embargo, no es así. El tema es tan importante que no podemos “hacernos pasito”. No se trata de criticar sistemáticamente, sino de tratar de entender. Nada nos sacará del marasmo si no conocemos la realidad en toda su crudeza. Para eso son muy útiles algunos informes internacionales y nacionales de dominio público y de reconocidas fuentes no interesadas.

El primero de ellos es el Reporte Mundial de la Ciencia que publica la Unesco cada cinco años. El último es de 2015. La primera figura que acompaña a esta columna fue construida a partir de sus datos, se escogieron pocos países.

Colombia en el contexto mundial de C y T Moises W.

Los virus achicadores de cabezas

Los virus achicadores de cabezas

Marcelino Cereijido Mattioli
Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias
CINVESTAV-IPN

Cuando uno viaja al extranjero y se queda trabajando como investigador visitante por más de un mes, se van agotando los científicos anfitriones que invitan a cenar, y pronto queda abandonado en su hotel con tantas noches libres como dure la estadía. En Birmingham, Alabama, yo solía ocupar esas noches yendo al faculty club a charlar con los old timers. Se trata de profesores eméritos o a punto de retirarse, que por su edad, viudez, o exceso de cicatrices recibidas en cuarenta años de despiadada lucha de ciencia profesional, han ido quedando varados en la ribera como cascos de transatlánticos desmantelados. Hoy el tiempo les queda tan holgado como la piel de sus arrugas, y cuando terminan sus jornadas de trabajo se dan una vuelta por el faculty club, a consentirse un par de horas con un martini, hablando de naderías antes de regresar a la soledad de sus hogares.

Creo sinceramente que alguien debería grabar las conversaciones de esos veteranos y publicarlas como tesoros del conocimiento universal, porque cada tanto, en medio de intrascendencias sobre el clima, las enfermedades, el contrato de nuevos profesores o la política de sus municipios, uno se entera de que la genial idea que tuvo Stephensen de emplear hidróxido de lantano en la purificación de la enzima que hoy lleva su nombre se debió en realidad a que su estudiante graduado, un tanto babieca y chambón, se confundió de frasco y acertó de chiripa con el detergente adecuado. También se entera de que Wintergassen comenzó a generar el modelo de intercambiador iónico que lo llevó a la fama cuando en un congreso realizado en Baltimore se acostó con la colaboradora de Hoagland y ésta, resentida con Hoagland porque no la había incluido como coautora en cierto artículo, le confió a Wintergassen los resultados experimentales que estaba obteniendo su jefe. Esas pinceladas de epistemología de sobremesa pintan la ruta verdadera seguida por el progreso científico, porque no excluyen el azar, los olvidos, los berrinches, las pasiones, los errores humanos y los pasos atrás que son ingredientes principales de nuestra investigación de cada día.

A veces los old timers están de buen talante, y dejan caer la sugerencia oportuna para que Andrew MacNutt se dé el gustazo de repetir una vez más cómo fue que, en su juventud, se erigió en el astro de los bioquímicos de las mitocondrias; o le preguntan a Robert Farrier si él ha conocido personalmente a Albert Einstein, nada más para que Farrier se explaye, cada vez con mayor regodeo de detalles, sobre aquel verano en Princeton cuando, según él, “Albert” le rogó que le ayudara con sus ecuaciones, de lo contrario la Teoría de la Relatividad caería por tierra hecha pedazos.

Los miro con respeto y afecto, pues recuerdo el nombre de algunos de esos viejos desde mi época de estudiante, cuando aprendí medicina en los textos que ellos escribieron, que eran por aquel entonces de lectura obligada. A otros los conocí en sus años briosos, cuando pronunciaban las conferencias inaugurales de los congresos, o inundaban los journals con artículos de vanguardia. Suelo pasar ratos agradables en esos faculty clubs. Aunque también puede darse el caso de que los viejos se recluyan en sus silencios individuales, ya para rememorar una gloria, ya porque están aburridos de escuchar las mismas historias, o simplemente porque la llegada al salón de un nuevo compañero promete ser más interesante que la conversación en curso. Ese fue, precisamente, el tipo de silencio que nos acalló cuando llegó al club Donald Keynes.

Keynes se veía agotado. Más que chismes y anécdotas necesitaba una silla cómoda y un trago. Su saludo consistió en un esbozo de sonrisa con intenciones no logradas de campechanía, mientras iba aflojando su corbata y acomodándose en la rueda, con la cotidianeidad aliviada de quien le quita los arneses a su caballo de trabajo, y lo instala en el pesebre hasta el día siguiente.

Lo miramos en espera de que aportara alguna novedad. Pero Donald Keynes no dijo nada. Por el contrario, agotados los saludos, aflojes y acomodos, comenzó a extrañarse de que no prosiguiéramos la conversación, y hasta a molestarse porque las miradas de ocho o diez colegas lo responsabilizaran tácitamente de reanudar la charla.

-O.K…sigan hablando- estimuló, sin conseguir que ninguno se diera por aludido. Dejó transcurrir un pesado minuto y repitió sus palabras con un dejo de mandato. Situación estúpida si las había, pues en realidad no sólo no teníamos absolutamente nada que contar, sino que ahora nos sentíamos inhibidos por su velado desafío. Otro minuto más tarde y ahora francamente contrariado, Donald amenazó: “Muy bien, si mi presencia interrumpe el tema que trataban, me retiro”, e hizo amagos nada convincentes de aprestarse a marchar.

Se sucedieron varios intentos sinceros por asegurarle que no se hablaba de nada en particular, pero no dieron resultado. Por fin Warren Rehm -cuándo no: Warren Rehm- en una suerte de judo intelectual, en lugar de esforzarse por neutralizar las dudas de Keynes optó por acicatearlas. “Mira Donald…nos pones en un aprieto. Mejor déjalo así. Hay situaciones en las que uno no es libre de divulgar ciertos asuntos.” Un electrodo puesto en la silla de Donald Keynes no podría haberle causado un respingo similar al que le provocó la aclaración de Rehm. Siguió un intercambio de esfuerzos ansiosos de Keynes para que se le incluyera en el secreto, y de evasivas lacónicas de Rehm por disuadirlo sobre la base de que era demasiado riesgoso incurrir en indiscreciones. Acalló a Donald Keynes con una desdeñosa palmada al aire, y con la misma mano cubrió un forzado bostezo. El gesto sólo logró acicatear el suspenso, en el que Donald aparecía alternativamente ofendido, intrigado, a punto de rogar información e invocar los privilegios de una larga amistad. Warren Rehm decidió preguntar:

-¿Prometes que, una vez que te lo digamos, no volverás a hacer preguntas ni a tocar el tema aquí ni en ningún otro lugar? ¡Momento, momento!, no respondas: primero quiero advertirte que está de por medio nuestra seguridad personal. Concretamente: no quiero que una indiscreción tuya nos mande a todos a la cárcel. ¿De acuerdo?

Por supuesto que ni Donald Keynes, ni ningún ser humano para el caso, estaban en condiciones de negar la promesa que se le exigía o, mejor dicho, de renunciar al incitante secreto. Nos aseguró que nada ni nadie, ahí o en otro lugar, ahora ni nunca, le harían cometer una infidencia. Entonces Warren Rehm le disparó desde un flanco: “A ver, Donald, ¿qué sabes de los achicadores de cabezas?

-¿Achicadores?…¿De los achicadores de cabezas? ¿Te refieres en serio a los achicadores de cabezas, o estás aludiendo a algún psiquiatra?…Nada. No sé absolutamente nada. Es decir … “nada” …nada no: sé que le cortan la cabeza a sus enemigos y que luego la tratan con jugos que, supongo, contendrán enzimas proteolíticas, o acaso quelantes de calcio que la van reduciendo de tamaño y…

Antes de que Keynes terminara, Rehm ya lo estaba refutando con sonrisa despectiva. “No. No es así, Don- aseveró -Se acaba de demostrar que en realidad no es un procedimiento post-mortem. Se trata de cierto virus con el que los indios infectan a sus prisioneros y la cabeza se les comienza a achicar hasta que, eventualmente, el tamaño resulta incompatible con la vida.

-¡Oh! -exclamó Donald Keynes genuinamente confundido-. Pero así y todo, no veo a qué viene tanto secreto.

-Viene, mi querido Donald, a que hay cuatro casos confirmados en los Estados Unidos. Como lo oyes: el Departamento de Estado acaba de consultar a Douglas Wright, aquí presente, en su carácter de chairman del Departamento de Bacteriología y Virología. Bajo el apercibimiento de juzgarlo por alta traición y con todas las consecuencias del caso, le han informado que tienen bajo observación otros veinte pacientes dudosos, a los que se rodeó de una impresionante barrera de precaución y hermetismo. En una palabra: el virus ha entrado al territorio de los Estados Unidos, y se teme que se descerraje una epidemia. Puesto que los casos se han presentado simultáneamente en cuatro puntos muy distantes entre sí, se descarta la propagación por contagio y se sospecha en cambio de un ataque subrepticio de una potencia extranjera: guerra bacteriológica que le llaman- concluyó con maquiavelismo condescendiente.

-¡Bondad Graciosa! Pero insisto, ¿por qué tanto secreto… ¿No sería más sensato alertar a la población?

-¡Alertar a la población!, exclamó Warren tomándose la cabeza horrorizado. No, mi querido Don, no. De ninguna manera. Dios no lo permita. Habría estampidas de multitudes aterrorizadas hacia el campo, compras de pánico, bloqueo de los aeropuertos, desquiciamiento de la vida en los Estados Unidos, se armaría un pandemónium internacional, se vedaría el acceso de aviones y barcos norteamericanos a los puertos de todo el orbe, los exaltados se arrojarían por las ventanas y, lo que es mucho más grave aún: ¡caería la bolsa de Wall Street! No, mi querido Donald, no. De ninguna manera. Douglas ha jurado mantener el secreto bajo las mismas circunstancias legales que ya han mandado a varios espías atómicos a la silla eléctrica. ¿Recuerdas el caso de Julius y Ethel Rosenberg? Espanta reconocer que algunos de ellos no habrán sido en realidad “espías”, sino simplemente personas que con toda candidez dejaron filtrar información de estado, tal y como lo estamos haciendo ahora contigo…

Don Keynes miró largamente a cada uno de nosotros mientras que, a juzgar por la posición, su boca pronunciaba un inaudible “oh”. Le ha de haber resultado atroz que algunos escondiéramos la cara en un intento por contener nuestras risas, pues seguramente lo tomó como un deseo de no implicarnos en tan grave infidencia. Al cabo de un par de minutos, munido de un arsenal de preguntas, se montó con los codos sobre la mesa y enfrentó resueltamente al viejo Warren Rehm. Pero lo detuvo la mano abierta en pantalla de Warren, que sonreía sardónicamente y miraba preocupado de reojo hacia la puerta. “Olvidemos esto”, aconsejo Warren. Enseguida llamó al camarero, arrojó un par de billetes sobre la cuenta y se retiró.

Donald Keynes era el típico sabio distraído que interpretan los actores de pacotilla. Su campo de trabajo era demasiado alejado del mío y nunca supe bien a bien cuáles habían sido sus contribuciones, pero el hecho de que fuera emérito en la Universidad de Birmingham daba por descontado que, pese a su facha de boludo alegre, merecía respeto y un lugar en aquella rueda. Cumplió casi completamente su promesa. Y digo “casi”, porque tres días después preguntó gravemente y en voz baja cómo seguía “el asunto aquel”. Ninguno se animó a aclararle que se trataba de una broma, pero tampoco tuvo la cara suficientemente dura para continuar la historia iniciada por Warren Rehm. Optamos por contestar con evasivas, toser, reorientar nuestras sillas, mirar estúpidamente para otro lado, gestos que Donald Keynes habrá tomado como evidencia palpable de nuestros temores a que se diseminara el secreto. Seguramente nos imaginaba con los brazos amarrados a una silla de madera, una escupidera encasquetada en la cabeza y a punto de ser electrocutados por traidores a la patria.

Y no ocurrieron novedades hasta aquel tormentoso viernes 4 de febrero, cuando el viento, el frío y la lluvia que estrellaba su helada porfía contra los ventanales, arrearon hacia el faculty club a toda aquella gerontocracia universitaria. El hecho de que el 4 de febrero fuera además el cumpleaños de Warren Rehm, y que éste se empeñara en pagar los tragos, agregaba una nota peculiar. Más notorio aún fue que insistiera en brindar una y otra vez con Donald Keynes, hasta que el rubor fulguró en sus narices y cachetes.

Keynes miró su reloj, se preocupó por lo avanzado de la hora, se levantó. Las sillas desperdigadas y el alcohol lo obligaron a zigzaguear hacia el perchero junto a la puerta de salida, y se puso sobretodo y bufanda. También se calzó la gorra, una gorra lo suficientemente amplia como para taparle las cejas y buena parte de la nuca. Se la quitó, la examinó exhaustivamente: sí, era la suya. Ladeó la cabeza, frunció la boca y, volviéndose a calar la gorra, salió resueltamente a internarse en la borrasca. Nosotros comenzamos a entender.

Al día siguiente fue Keynes, al llegar al incipiente grupo de early birds, quien inspeccionó la puerta y los rincones con la mirada para cerciorarse de que no había oídos intrusos. “¿Qué se sabe de aquello?”, exigió con gesto sombrío. Por supuesto fingimos estupidez.

-Donald…¿recuerdas que nos habíamos propuesto no decirte absolutamente nada… hasta que tu enojo nos hizo ceder y confiarte…? -lamentó Rehm- Bueno. Mejor olvídalo ¿no?

En los días subsiguientes Keynes se fue acostumbrando a la holgura de su gorra. Pero, para su desgracia, un par de semanas más tarde fue Norman Eaton quien cumplió años y fue Warren Rehm quien insistió en brindar y volver a brindar con Donald Keynes. También fue el viejo Rehm quien marchó furtivamente hasta el perchero y volvió a cambiar la gorra de Keynes por una similar pero aun más amplia.

Se volvió a repetir la escena de la semana anterior, y un Donald Keynes entrado en copas descubrió al vestirse que ahora la gorra le llegaba hasta la mitad de los anteojos, le tapaba completamente las orejas y descansaba su borde inferior sobre el cuello. Sin darle mucha importancia la echó hacia atrás y se dirigió a la puerta. Al tocar el picaporte reaccionó como si hubiera recibido un toque eléctrico, se paró en seco, giró sobre sus talones y regresó al grupo con gesto preocupado.

-A propósito…¿Hay alguna novedad acerca de…?, comenzó a preguntarnos como quien no quiere la cosa.
Warren Rehm no podía permitir que Keynes resolviera su intríngulis: Debía interrumpir la pregunta de cuajo y disuadir toda respuesta. Se paró de un salto. “¡Sagrado Humo! ¡He sido yo, yo mismo, quien traicionó el secreto de Douglas Wright! Perdóname, Douglas”, le imploró al chairman de Bacteriología y Virología como si la indiscreción de Keynes estuviera a punto de enviarlo a la silla eléctrica de Sing-Sing, y escapó hacia el baño.

Keynes quedó estúpidamente confundido, con el abrigo a medio abrochar, la bufanda suelta y la cabeza reclinada exageradamente hacia atrás para poder ver por debajo de la visera. Nuestros rostros vueltos hacia otros lados le desaconsejaron insistir, y no le quedó otra alternativa que retirarse agobiado.

Luego me enteré de que el 26 de marzo de ese año, Keynes, Douglas Keynes, se había presentado al servicio externo del University Hospital a declarar formalmente que su cabeza se estaba reduciendo de tamaño. Decenas de radiografías de cráneo, exámenes antropométricos y muchos dólares pagados por el seguro de salud hicieron que el cuerpo médico encontrara prudente mantenerlo en observación periódica, pues es muy difícil demostrar que un proceso patológico no está teniendo lugar, sobre todo cuando el paciente no revela la causa de sus sospechas por creer que se trata de un secreto de estado. Mi periodo como visiting professor fue mucho más corto que aquellos estudios, razón por la cual jamás pude enterarme del desenlace de aquella espantosa epidemia viral.

Vittorio Luzzati – Interviewed by Alan Macfarlane

Vittorio Luzzati – Interviewed by Alan Macfarlane

luzzati18th September 2009

0:09:07 Born in Genoa, Italy, 1923; family belonged to the Jewish tribe from Piedmont, a small group of perhaps 2000 people, some remarkably distinguished (three of them are Nobel laureates); in my own family there is nothing remarkable; my grandfather was born around 1865 in a Ghetto of a small town in the Papal State where Jews were still restricted to live; only in 1870, when Rome was taken over by the nascent Italian state, were the Pope’s Jews emancipated; he then went to school where one day a school teacher said something that my grand-father took to be anti-Semitic; he then threw the inkpot at the teacher; as a result he was expelled from the whole educational system and emigrated to Argentina; my mother’s mother belonged to a fairly cultivated Jewish family of Piedmont; she had studied as a school teacher, something that in that place and in those days was exceptional for a woman, whatever her religion; the family’s prosperity was based on the silk industry; the silk-worms’ disease that erupted around 1885 brought ruin to the family; they also emigrated to Argentina; the American chapter of my saga had a profound influence on my future; in 1938 when the anti-Semitic policy started in Italy it was all too natural for my family to move to Argentina, my mother’s birthplace

4:05:11 Primo Levi was a member of the tribe; he was a close friend of mine, but he became such a famous personage that I feel uncomfortable talking about him; his mother and my father were first cousins, they were exactly of the same age, and both were members of big families; I knew Primo Levi when I was a child and used to go to Torino for a few weeks just before school started in September; I would go and play with him; he was three years older than I and to my eyes he was remarkably knowledgeable; he was extremely sweet; then we moved to Argentina and he stayed in Italy; the rest is well known; I met him again when I returned to Europe in 1947 and we tried since to meet as often as we could; throughout his life Primo was an exceptionally sweet person, prepared to listen to people, to ask questions and wait for replies; I know nothing about his suicide though I did know that at some time he had suffered from psychological problems; Primo and his wife had come to Paris and stayed with us for a couple of weeks immediately after their marriage; at one time, after a dramatic event in my life, I felt an impulse to write, and requested his advise; one problem was the choice of the language since my mother tongue was Italian, but in Argentina, where I went to university, Spanish was my «official» language, and later my professional life took place in France, with short spells in America and England; Primo made the surprising suggestion that I should express myself in different languages

10:10:15 My grandparents were not very influential in an intellectual sense; my grandmother lived nearby and moved to Argentina with us; she was a very energetic woman and we were all scared of her; my father’s father was a sweet man but had very little influence; my father did have a strong influence on me; he was one of those people whose life was cut by the first World War; he was drafted when he was nineteen and left the army at twenty-four; the family was not wealthy so he could not go to university as he would have liked to do; he was a cultivated man; he had clear political opinions, and was strongly against fascists, and said it openly; I know of other children whose father thought that it was bad for children to be exposed privately to political opinions opposite to those which prevailed in those days; my first readings were of my father’s choice; when I was twelve or thirteen he introduced me to the great Russians – Tolstoy, Chekhov – also to Italo Svevo, who in those fascist days was hardly known in Italy; my father was not a very successful businessman; he had close connections with Britain; after leaving the army he was awarded a six-months scholarship and went to Liverpool; later he used to come to this country; when he returned home we would have for a few days an English breakfast, all sitting round the table; in Italy breakfast is not seen as a meal; my mother was a good pianist and, thanks to her, music played a great role in my life; in her early twenties she had to make a choice between raising a family or training as a professional pianist; she chose to marry and have children, but she regularly played piano and sometimes performed in local concerts; she had a strong liking for Baroque music that she used to analyse with remarkable subtlety; from her I learned that music is not just a pleasant pastime but also an intellectually rewarding activity; I too like Baroque music, probably because of my education; I often worry when I see people liking other kinds of music which I don’t enjoy, and I rather envy them; mother would play mainly seventeenth century music

16:24:07 My father’s mother died when I was about two and a half; I have a vivid memory of a scene where I wake up in a big bed and she shows me a table with plenty of toys, but I am rather sceptical about it being actual memory or something I was told; my first school was in Genoa where I started at six; I remember all the schools I went to; in consequence of my father’s strong opinions, whenever someone behaved as an anti-fascist and was prepared to discuss with my father, he would acquire some importance to me; in Italian high schools one principle teacher took care of the children for four-fifths of the time; he would teach Italian, Latin, History; Geography and Greek; one of them had a profound influence on me because he shared many of my father’s opinions; this had important consequences on the educational work because one of the troubles at the time was boasting and rhetoric; this professor taught us the use of understatement, particularly when dealing with Mussolini’s achievements; all the children in Italian schools were forced to be members of the Fascist Party; furthermore it was highly recommended to train children in the use of weapons; my teacher, who like my father had gone through the war, hated weapons; my father never allowed us to play with weapons; I had other teachers who were as competent but I did not like them in the same way; when I was six or seven I had an old, thin, lady teacher, who was the sister of the local priest; she wore a black gown and behaved quite humbly; one day a schoolmate openly made some disparaging comment about Jews; she immediately stopped the teaching and for one full hour she explained why this should never happen again; this is an extraordinary event because Jews were a tiny minority in Italy, only a few hundred of them lived in Genoa, and the presence of Jewish children was sparse in the local schools

23:51:20 In my youth, emancipation from the ghetto was quite recent; my grandparents had all been born in the old Ghettos; the official anti-Semitism of the late thirties came as a surprise; being a small minority – less than one in a thousand – was quite different from being an Ashkenazi living the Shtetl; I wonder what made Italian Jews remain Jews throughout the 20 centuries of their presence in Italy; Italian Jews are not ethnically different from the rest of the population, as in Russia and in Poland, and they never spoke any language but Italian (and its dialects), the only difference was religion; there was a strong pressure from the Catholic church to convert the Jews and move them away from the ghetto; in the Venice Ghetto one can still see a seventeenth century stone, signed by the archbishop, reminding the Jews that once converted, they were not allowed into the Ghetto again; apparently throughout the centuries a sizeable fraction of those who were born Jews would convert and melt into the Christian society; a population selected on the basis of a certain kind of stubbornness may be expected to display unusual features, so in my days more than 10% of the university professors in Italy were Jewish

29:11:09 I was bar mitzvad, but my family did not celebrate Jewish festivals; my father’s mother was fanatically religious, and my father resented this very much; to him religion was more a family issue than a matter of faith; Hitler was to make a dramatic difference; I am not a believer in any religion but I am not opposed to religious beliefs; we are all to some extent irrational, even scientists; I remember with a smile that Francis Crick when interviewed by the BBC and asker whether he believed uttered, “Oh my God, No!”

31:44:04 As a child I was passionate about mountaineering; my father loved it and took us along; it has been part of my life until I had to give up some fifteen years ago; I did not collect things or watch birds, but enjoyed the physical effort and the beauty around me; I used to swim as a boy but was never athletic; I never learned to play a musical instrument; I think my mother knew that to enjoy playing music you had to put in enormous effort; I was fifteen when I went to Argentina where I finished my schooling; I got a university degree there in mechanical engineering; there was not much choice of subject; I faced America the wrong way, we were Italians, and the feeling in the family was that we were culturally superior to the «natives»; that was not only wrong but also stupid; Buenos Aires is the cradle of one of the most lively cultures of our time; many Argentineans became brilliant intellectuals, and scientists trained in Argentina have spread throughout the world; only too late I realized that I should have taken Argentina far more seriously than I did; the sad fact was that Argentina did not seem to offer much of a future to those eager to engage in science; in one way I was right to leave as life for scientist had been difficult there, and was to worsen in the following years; I wanted to learn something, and I also wanted to go back to Europe; my fiancée was a medical student of recent French extraction, and she was very eager to return to France; we left in 1947, got married, and settled in France where she finished her medical education

38:10:04 My memory of returning to Europe is glorious; I was twenty-four and had just married, all the elements of happiness were there; everyone had the feeling that he would easily find a place and purpose in society; that feeling was very strong particularly in Paris; Britain, scientifically speaking, had a very big influence on me and I used to come to this country quite often; from the practical viewpoint life was more difficult in England than in France; rationing in France was not really serious but in England it was a serious issue until the early 1950s; poor food and scarce heating made practical life rather difficult on this side of the Channel, but also it had stimulating effects; today’s affluent society may be depressing for young people who have no real hope for the future; I did a doctorate in Paris on crystallography; to get my original degree took little work so I had plenty of time to read what I wanted, and I tried to learn some physics, mathematics and other basic disciplines; nowadays education is far more specialized, but in those days many of the pioneers were self-made men; that is particularly true among American molecular biologists, who were often chemists and physicist by training, who during the war had worked on the atomic bomb project and wished to do something else; they were not trained in molecular biology

42:13:24 When I went to my lab in Paris Rosalind Franklin was already there, so we shared the facilities and met every day; I had just married, my wife was a busy medical student, in the evening I would tell her about Rosalind and other colleagues; my wife had had a partly British education and was a keen reader of English literature; she felt that Rosalind was one of the characters of a 19th century English novel and wanted to make her acquaintance; Rosalind and my wife became good friends; we would go cycling together at weekends around Paris, then we went to Tuscany for an unforgettable fortnight; we were friends throughout our lives; as a scientist Rosalind was an extremely competent person, very earnest, but sometimes she could be difficult; the problems with Maurice Wilkins were due to differences in character and education, which led to a clash; we used to talk a lot about work but she didn’t give me the feeling of someone dealing with the secret of life; of the crucial breakthrough, I understand that she never bore any resentment; after 1953 Francis Crick became a close friend of hers, and she was invited to join the MRC Laboratory here (after her death Aaron Klug came in her place); I never heard that she felt she had been denied recognition; what is certain is that if Francis had met her earlier, things would have been quite different; he was the person that she needed to interact with

51:47:05 I stayed in the Paris Lab until the end of 1952, then I moved to Brooklyn for a year; in 1954 I went to Strasbourg and in 1962 to Gif-sur-Yvette just south of Paris; Francis Crick had a profound influence on me at the time we shared a desk for six months in Brooklyn; we both enjoyed conversation, we were approximately of the same age, sharing the same small salary and experiencing our first contact with the USA; Francis was a charismatic person and he convinced me that in our trade the thing to do was biology; ‘Reading rots the Mind’ – the warning Francis posted above his desk – meant that too much concern for other people’s work may have crippling effects; a good feeling for the problem is what that makes a great scientist; this involves a mixture of culture, intelligence, and common sense

59:04:01 France and French civilization made a strong impact on my career and probably the impact was not entirely positive; I sometimes wonder whether I would have been happier in this country; I always felt that my scientific roots were rather in this country (and more specifically in Cambridge) than in France; apparently French culture never quite recovered from Auguste Comte’s classification – you are a chemist, a physicist, a biologist, an anthropologist for life – and meeting with colleagues of different disciplines is a rare event; in this country, when sitting at high table for a College dinner I was always surprised to find myself next to colleagues from quite a different field; I understand that the same happens to students; in France since the end of secondary school (typically at the age of eighteen) the students of different disciplines hardly meet each other; throughout my Professional life I found myself surrounded by narrow minded physico-chemists or geneticists; a good definition of molecular biology is biology done by non-biologists; one piece of advice that Francis gave to me in Brooklyn was that we had the opportunity to do excellent biology without having to learn it; in retrospect I don’t think that biology would have turned molecular without extraordinary men like J.D. Bernal, whose role was pivotal in this country and especially in Cambridge; Bernal had the clear idea that molecular structure stands at the very roots of biology; today one may have the feeling that science evolves according to a sort of natural path; in fact in some cases the direction in which science moves is determined by one or a few individuals; the notion that the physical structure of molecules is a fundamental issue in biology was not trivial fifty or sixty years ago; Bernal’s political beliefs meant that he was not trusted by the establishment; much has been written about molecular biology and of its most impressive implications, but sometimes I wonder whether other disciplines – say electrophysiology – offer better examples of intellectual achievements; in many respects molecular biology is a chemical approach to biology

1:11:32:05 I have been lucky in life; I would go to the Lab and amuse myself, much more than anybody else; intellectually it has been greatly rewarding to get in touch with exceptionally bright people; I have not been much engaged politically; during the War I once attempted to join the British army but failed to find the way to do so; after the war I never was a Communist; I avoided one of the pitfalls of most people of my age who were politically committed; in France, most of them were Communists; I only became a French citizen in 1968 and before that date I could hardly be active in politics; circumstances, some of which might have been dramatic, played a major role in my life, as it is commonplace in continental Europe; take the example of Aaron Klug or Sydney Brenner, should their families not have emigrated to South Africa in the early twenties the chance of surviving the war were of the order of one in a hundred thousand, as the Jews from Lithuania were swept away; I have a strong feeling of being a survivor; my achievement stem more from chance than from merit – the chance of going to Argentina, then to France where persons of my age and education were heartily welcome after the War; one of my regrets is that I never did any teaching as until 1969 only French citizens could become University teachers; at that time it was too late for me; whenever I indulge to provide an advise to some beginner in Science I suggest that he should make an early choice about what interests him and then move on in that direction, without worrying too much about future practical opportunities.

https://www.repository.cam.ac.uk/bitstream/handle/1810/225196/Luzzati.htm?sequence=2

Un recuerdo de Reinaldo DiPolo.

Un recuerdo de Reinaldo DiPolo.

DipoloCarlo Caputo
Academia de Ciencias Físicas Matemáticas y Naturales de Venezuela
Academia de Ciencia de América Latina.

He tenido el placer de escribir dos o tres veces sobre los méritos científicos y humanos del Dr. Reinaldo DiPolo en gratas ocasiones de algún paso importante en su carrera. Es con dolor que lo hago hoy. Reinaldo se ha ido, pero quedan sus inmensos logros científicos y la memoria de casi 50 años de amistad y compañerismo dentro y fuera del laboratorio.

Reinaldo DiPolo nació en Caracas el 6 de marzo de 1943 y cursó los estudios de primaria y secundaria en el Colegio La Salle de la Colina, donde también pudo desarrollar habilidades futbolísticas, al tiempo que afinaba su talento musical estudiando piano con la Profesora Nina Ivana y con el Maestro Corrado Galzio. Años después este ultimo aún lamentaba que se había perdido un gran talento musical, ya que al terminar el Bachillerato Reinaldo prefirió seguir la carrera de medicina a la de músico profesional (y a la de futbolista).

Se inscribió en la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela. Durante sus estudios se distinguió como preparador de la cátedra de Fisiología, y como interno en la Cruz Roja Venezolana, de lo cual se sentía muy orgulloso. Al graduarse de Medico Cirujano, tuvo que tomar otra decisión. A pesar de que sus Profesores en la cátedra de Medicina I de la Escuela de Medicina Luis Razetti de la Universidad Central de Venezuela, Dres. Benaim-Pinto y Machado le ofrecieron quedarse como profesor de la Facultad de Medicina, auspiciándole una exitosa carrera como clínico, al graduarse en 1966 se decidió por la investigación científica, ingresando al IVIC como Estudiante Graduado en el entonces Departamento de Biofísica, en el laboratorio de la Dra. Gloria Villegas. De allí salió su primera publicación en el Journal of Cell Biology: Actividad de la ATPasa en membranas de fibras nerviosas de calamar, con las doctoras Villegas y Sabatini..

Después de un año en el IVIC salió como becario del Instituto hacia Estados Unidos donde pasó los primeros dos años como Research Fellow en el Laboratorio de Biofísica de la Escuela de Medicina de la Universidad de Harvard. Allí trabajó con el Prof. A.K.Solomon y los Dres. Gary-Bobo y Sha’Afi estudiando los mecanismos de difusión de no-electrolitos en membranas artificiales, utilizadas para desalinización de agua. Durante el curso de estos trabajos, en los cuales se demostró que la difusión de un soluto atraves de una membrana se rige por los preceptos de la termodinámica de los procesos no reversibles, pudo tomar varios cursos formales que corrigieron las lagunas de la carrera de medicina.

A la estadía en Boston le siguió otro año en Baltimore donde, trabajando en el laboratorio de Jack Brinley en Johns Hopkins, se entrenó en el uso de la técnica de diálisis celular con capilares, que al principio eran de vidrio y de difícil uso, y luego pasaron a ser los capilares porosos de plástico que se utilizan en los aparatos de diálisis renal. Reinaldo aprovecho su estadía en Baltimore para colaborar con el Dr. Ramón La Torre, quien se encontraba trabajando en el NIH, en un proyecto donde utilizando la técnica de diálisis con capilares de vidrio, pudieron establecer los mecanismos que controlan la permeabilidad cloro, en las fibras musculares gigantes (> 1 mm de diámetro), de Balanus.

Cuando en 1972 regresa a Caracas, Reinaldo ya tenía pensado el proyecto de investigación con el cual iba a empezar su carrera científica independiente: el estudio de la regulación iónica en sistema nervioso, utilizando la técnica de diálisis intracelular y como preparación los axones gigantes de calamar, que ya estaban siendo usados en el laboratorio del Dr. Raimundo Villegas. En la espera de los equipos necesarios para armar su sistema experimental, sobretodo bombas de perfusión y micro-manipuladores, Reinaldo pudo dedicarse a refinar los detalles de su proyecto de investigación. También tuvimos la oportunidad de jugar tenis en el IVIC y entre set y set empezar una colaboración que duraría más de 40 años. En este periodo Reinaldo decidió que empezaría a estudiar la homeostasis de Ca enfocando su atención sobre los mecanismos de regulación del Intercambiador Sodio-Calcio. Este fenómeno, había sido descubierto por Ringer a finales de 1800. Ringer, quien había demostrado que el Ca aumentaba la contractilidad del músculo cardiaco, también reporto que este efecto del Calcio aumentaba cuando se bajaba el sodio en el medio extracelular, describiendo este efecto como un antagonismo entre los dos iones. Casi 50 años después Wilbrandt y Koller cuantificaron el antagonismo entre sodio y calcio, demostrando la equivalencia contráctil de varias combinaciones de concentraciones de los dos iones, pero solo cuando la relación [Na] 2/[Ca] permanece constante. Finalmente en1958, Luttgau y Niedergerke publicaron un trabajo clásico en el cual postularon la presencia de una molécula N, negativa, anclada en el lado externo de la membrana celular, análoga a los transportadores de hoy en día, que ligaba Ca y facilitaba su entrada en la célula. Si bien el fenómeno del ¨Antagonismo entre sodio y calcio¨ estuvo ligado al musculo cardiaco desde el principio, pronto aparecieron trabajos describiendo el mismo fenómeno en otros tipos de células, incluyendo las células nerviosas.

Uno de los problemas serios que habian impedido avanzar en la caracterización de los mecanismos del intercambiador Na-Cae era la imposibilidad de acceder y controlar el medio interno. El uso de axones gigantes de calamar permitió resolver este problema o con la técnica de perfusión o con la técnica de diálisis, que Reinaldo había empezado a usar en sus experimentos en Caracas. En el laboratorio del Prof. Hodgkin en Plymouth, donde se trabajaba con axones de calamar, en otros aspectos de la homeostasis del calcio, Peter Baker, había empezado desde 1969 a trabajar en este tema, demostrando la existencia del intercambio Na-Ca en axones de calamar, lo cual también había llamado la atención de Reinaldo DiPolo. En 1973 apareció un trabajo en el Journal of Physiology por Baker y Seitz, titulado ´Does metbolic energy participate directly in Na dependent extrusion of Ca in squid axons ?¨.En el articulo se reportaba el efecto inhibitorio del cianuro sobre el intercambiador Na-Ca en axones gigantes de Calamar. El articulo inspiro Reinaldo a continuar sus experimentos y origino una serie de articulo, muchos de los cuales en colaboración con Luis Beauge, que aclararon el efecto regulador del ATP sobre el intercambiador y confirmaron el descubrimiento por Reinaldo de la existencia de una bomba de Ca, energizada por ATP en axones de calamar.

En 1979 DiPolo y Dipolo y Beauge demostraron sin lugar a dudas la presencia en la membrana de axones de calamar, de dos mecanismos transportadores de calcio que funcionan en paralelo (la bomba de calcio y el intercambiador Na-Ca) el primero que funciona con alta afinidad y baja capacidad, y el segundo que funciona con baja afinidad y alta capacidad. La presencia de dos mecanismos paralelos de extrusión de Calcio en la misma célula, fue magistralmente explicada por Reinaldo con la frase que bien pudiera llamarse el Aforisma de DiPolo: uno (el intercambiador) es de baja afinidad y alta capacidad y el otro (la bomba) es de alta afinidad y baja capacidad. Este aforisma conto con la oposición de algunos investigadores que basados en modelos de computadoras insistían en que la función del intercambiador era de hecho llevada a cabo por las mitocondrias. La respuesta de Reinaldo fue lapidaria: en este caso ustedes no tendrían mitocondrias, sino piedras.

Desde 1973 Reinaldo continúo su carrera extraordinaria que se resume en mas de 170 artículos en revistas de alto impacto y más de 4000 citaciones. De hecho ya en 1984 Reinaldo DiPolo había sido mencionado en un artículo de Eugene Garfield en Current Content, como uno de los autores latinoamericanos mas citados.

También, Reinaldo fue invitado en varias ocasiones a escribir revisiones sobre tópicos de su interés científico, en prestigiosas revistas o colecciones, como el Annual Review of Physiology”o el “Progress in Biophysics and Molecular Biology”. Por cierto, el editor de esta ultima colección, quien lo invitara a colaborar, fue el Profesor Denis Noble de la Universidad de Oxford quien hace algunos años, en la época de poder de la Señora Margaret Thatcher se opuso con éxito a que se le otorgara un Doctorado Honoris Causa por su política desastrosas para las Universidades inglesas.

Para los que hemos tenido la suerte de acompañar a Reinaldo ha sido un placer compartir con él diferentes y memorables actividades durante estos años: enviar un manuscrito a publicación; hacer un cambio de guardia, a media noche, en la tumba de Lenin en la Moscú Soviética; hacer experimentos hasta las 2 am y luego pasar por el Juan Sebastián Bar para celebrarlo; descubrir la “cuarta ley de termodinámica ” en la Bahía de Mochima, intentar, con Pancho Bezanilla y Héctor Rojas, incluir en los agradecimientos de un artículo del Journal of General Physiology …to Mr. O.P. and J.S.B. for much inspiration during the course of this work¨, lo cual no fue aceptado por Paul Cranefield, el editor del Journal escribió diciendo que podía imaginarse quien era J.S.B., pero ¿quién era O.P ? ”.

Una de las características que distinguían Reinaldo era su manera juvenilmente entusiasta y profesionalmente rigurosa con que abordaba cualquier tipo de actividad. Hasta cuando se trataba de lo más serio en su carrera científica, Reinaldo sabia encontrar el elemento lúdico que le permitía disfrutar de sus experimentos, sus confrontaciones científicas, sus éxitos y sus peleas (no muchas) con los árbitros de revistas y sobre todo que le hacía disfrutar y no sufrir el estar haciendo Ciencia en Venezuela.

Hacia Ciencia porque le gustaba hacerlo. Escogía sus temas de investigación por el desafío intelectual que presentaban, o hasta por su atractivo estético, pero no por su lo pertinencia, y la razón de no haberse ido a trabajar en otros sitios del mundo era la satisfacción, o quizás la felicidad, de hacerlo en Venezuela “Que bonito es hacer ciencia en Venezuela” era una de sus frases preferida.
Los amigos de Reinaldo lloramos su muerte, pero celebramos su vida.

Los orígenes de la genética y la citogenética humana clínica en Uruguay

Los orígenes de la genética y la citogenética humana clínica en Uruguay

Máximo E. Drets1*.
Investigador Emérito del Programa de Desarrollo de las Ciencias Básicas, Universidad de la República y del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable, Uruguay. Miembro de la Academia de Ciencias de América Latina.
* Contacto: Máximo E. Drets. E-mail: gfolle@iibce.edu.uy

Los investigadores Ricardo Benavente del Departamento de Biología Celular y Desarrollo del Biocentro de la Universidad de Würzburg (Alemania) y Gustavo Folle del Departamento de Genética del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable (IIBCE), considerando nuestra extensa formación en Citogenética Animal y Vegetal obtenida a través de décadas de enseñanzas recibidas del eminente citogenetista de Uruguay el Profesor Francisco A. Sáez como así los perfeccionamientos metodológicos en citogenética humana desarrollados por el Profesor Jérôme Lejeune de París y nues­tro gran interés en contribuir en el desarrollo de la Citogenética y la Genética Humana Clínicas, nos sugirieron redactar un corto manuscrito sobre los orígenes de estas disciplinas en el Uruguay destinado a su publicación en los Anales de la Facultad de Medicina. Por tanto, la presente contribución es un breve relato de dicho proceso de aportes científicos y docentes iniciales realizados con algunos dis­tinguidos profesores de nuestra Facultad interesados en la patología hereditaria humana como así los esfuerzos docentes realizados para difundir los métodos y diagnósticos cariológicos destinados a los jóvenes en formación en estas áreas como así a los médicos interesados en los problemas hereditarios del ser humano-

Pérdida de talento:  fuga de investigadores en Venezuela

Pérdida de talento: fuga de investigadores en Venezuela

Pérdida de talento:

fuga de investigadores en Venezuela[1]

Jaime Requena, Carlos Caputo

Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales
Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas
Caracas, Venezuela

Durante el siglo XX, y con las debidas excepciones, la salida de profesionales e investigadores venezolanos hacia otros países era un asunto temporal, casi siempre reducido al disfrute de licencias de formación o años sabáticos. El apego del venezolano por su tierra era entonces tan marcado que en el programa de gobierno del candidato vencedor en las elecciones de 1988 (Carlos Andrés Pérez) una de las líneas estratégicas en política exterior era “llenar las cuotas de funcionarios venezolanos en los organismos internacionales” ya que tradicionalmente ellos preferían trabajar en el país antes de hacerlo afuera. No obstante, Venezuela, como otros países, no se pudo escapar de la tendencia mundial de la migración de los talentos más capacitados. En efecto, a raíz de la crisis nacional del año 1983 (18 de febrero o viernes negro) la fuga de cerebros en Venezuela comenzó a hacerse evidente tanto como para que en el año 1991 el Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) organizara un evento para su análisis (Garbi, 1991) y pasara a convertirse en un tópico de estudio académico (De La Vega, 2003).

Las causas del fenómeno de fuga de cerebros (o pérdida de talento) son muchas, siendo las más citadas las grandes diferencias en la calidad de vida y en las condiciones laborales de desempeño del profesional, específicamente la posibilidad de realizar un trabajo de excelencia, asunto consustancial a la investigación científica. Cuando a estas causas, se le suman políticas científicas basadas en el clientelismo que rechaza la excelencia y se enaltece la mediocridad, se crea una fuerza de repulsión social que termina constituyéndose en uno de los elementos del mecanismo tipo ‘push-pull’ que se cree motoriza el fenómeno de fuga de cerebros. La fuerza, la atracción en ese modelo estaría ejercida por las mejores condiciones de vida y de trabajo presentes en otras sociedades y países (Ibarra y Rodríguez, 1998).

Las consecuencias de la pérdida de talento son múltiples y se manifiestan en muchos campos del quehacer en tanto que la sociedad deja de recibir el beneficio que le corresponde a cambio de los recursos (tiempo y dinero) empleados en la formación del recurso humano. Aparte del daño estrictamente económico (Palma, 2014) se manifiesta con intensidad en lo académico en donde la pérdida de la capacidad docente anula la posibilidad de formar nuevos talentos interrumpiéndose el circuito virtuoso de la generación de relevo. En una era que ha sido descrita como la del conocimiento, la pérdida de talento pone en peligro las posibilidades de desarrollo locales en áreas críticas, como son la electrónica, las telecomunicaciones, la informática y la biotecnología.

Con el arribo al poder en Venezuela del Teniente Coronel Hugo Chávez Frías en el año 1999 y con el cambio constitucional promovido en el país que ha llevado a la implantación de un socialismo revolucionario y bolivariano, durante el SXXI se intensificó el fenómeno de migración al exterior de los profesionales venezolanos, adquiriendo en los últimos años visos de extrema gravedad por su extensión. Este estudio explora, desde una perspectiva cuantitativa e histórica, la dinámica de la pérdida de talento de la comunidad de investigadores y tecnólogos de Venezuela.

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[1] Enviado a la Revista Interciencia