Los virus achicadores de cabezas

Marcelino Cereijido Mattioli
Departamento de Fisiología, Biofísica y Neurociencias
CINVESTAV-IPN

Cuando uno viaja al extranjero y se queda trabajando como investigador visitante por más de un mes, se van agotando los científicos anfitriones que invitan a cenar, y pronto queda abandonado en su hotel con tantas noches libres como dure la estadía. En Birmingham, Alabama, yo solía ocupar esas noches yendo al faculty club a charlar con los old timers. Se trata de profesores eméritos o a punto de retirarse, que por su edad, viudez, o exceso de cicatrices recibidas en cuarenta años de despiadada lucha de ciencia profesional, han ido quedando varados en la ribera como cascos de transatlánticos desmantelados. Hoy el tiempo les queda tan holgado como la piel de sus arrugas, y cuando terminan sus jornadas de trabajo se dan una vuelta por el faculty club, a consentirse un par de horas con un martini, hablando de naderías antes de regresar a la soledad de sus hogares.

Creo sinceramente que alguien debería grabar las conversaciones de esos veteranos y publicarlas como tesoros del conocimiento universal, porque cada tanto, en medio de intrascendencias sobre el clima, las enfermedades, el contrato de nuevos profesores o la política de sus municipios, uno se entera de que la genial idea que tuvo Stephensen de emplear hidróxido de lantano en la purificación de la enzima que hoy lleva su nombre se debió en realidad a que su estudiante graduado, un tanto babieca y chambón, se confundió de frasco y acertó de chiripa con el detergente adecuado. También se entera de que Wintergassen comenzó a generar el modelo de intercambiador iónico que lo llevó a la fama cuando en un congreso realizado en Baltimore se acostó con la colaboradora de Hoagland y ésta, resentida con Hoagland porque no la había incluido como coautora en cierto artículo, le confió a Wintergassen los resultados experimentales que estaba obteniendo su jefe. Esas pinceladas de epistemología de sobremesa pintan la ruta verdadera seguida por el progreso científico, porque no excluyen el azar, los olvidos, los berrinches, las pasiones, los errores humanos y los pasos atrás que son ingredientes principales de nuestra investigación de cada día.

A veces los old timers están de buen talante, y dejan caer la sugerencia oportuna para que Andrew MacNutt se dé el gustazo de repetir una vez más cómo fue que, en su juventud, se erigió en el astro de los bioquímicos de las mitocondrias; o le preguntan a Robert Farrier si él ha conocido personalmente a Albert Einstein, nada más para que Farrier se explaye, cada vez con mayor regodeo de detalles, sobre aquel verano en Princeton cuando, según él, “Albert” le rogó que le ayudara con sus ecuaciones, de lo contrario la Teoría de la Relatividad caería por tierra hecha pedazos.

Los miro con respeto y afecto, pues recuerdo el nombre de algunos de esos viejos desde mi época de estudiante, cuando aprendí medicina en los textos que ellos escribieron, que eran por aquel entonces de lectura obligada. A otros los conocí en sus años briosos, cuando pronunciaban las conferencias inaugurales de los congresos, o inundaban los journals con artículos de vanguardia. Suelo pasar ratos agradables en esos faculty clubs. Aunque también puede darse el caso de que los viejos se recluyan en sus silencios individuales, ya para rememorar una gloria, ya porque están aburridos de escuchar las mismas historias, o simplemente porque la llegada al salón de un nuevo compañero promete ser más interesante que la conversación en curso. Ese fue, precisamente, el tipo de silencio que nos acalló cuando llegó al club Donald Keynes.

Keynes se veía agotado. Más que chismes y anécdotas necesitaba una silla cómoda y un trago. Su saludo consistió en un esbozo de sonrisa con intenciones no logradas de campechanía, mientras iba aflojando su corbata y acomodándose en la rueda, con la cotidianeidad aliviada de quien le quita los arneses a su caballo de trabajo, y lo instala en el pesebre hasta el día siguiente.

Lo miramos en espera de que aportara alguna novedad. Pero Donald Keynes no dijo nada. Por el contrario, agotados los saludos, aflojes y acomodos, comenzó a extrañarse de que no prosiguiéramos la conversación, y hasta a molestarse porque las miradas de ocho o diez colegas lo responsabilizaran tácitamente de reanudar la charla.

-O.K…sigan hablando- estimuló, sin conseguir que ninguno se diera por aludido. Dejó transcurrir un pesado minuto y repitió sus palabras con un dejo de mandato. Situación estúpida si las había, pues en realidad no sólo no teníamos absolutamente nada que contar, sino que ahora nos sentíamos inhibidos por su velado desafío. Otro minuto más tarde y ahora francamente contrariado, Donald amenazó: “Muy bien, si mi presencia interrumpe el tema que trataban, me retiro”, e hizo amagos nada convincentes de aprestarse a marchar.

Se sucedieron varios intentos sinceros por asegurarle que no se hablaba de nada en particular, pero no dieron resultado. Por fin Warren Rehm -cuándo no: Warren Rehm- en una suerte de judo intelectual, en lugar de esforzarse por neutralizar las dudas de Keynes optó por acicatearlas. “Mira Donald…nos pones en un aprieto. Mejor déjalo así. Hay situaciones en las que uno no es libre de divulgar ciertos asuntos.” Un electrodo puesto en la silla de Donald Keynes no podría haberle causado un respingo similar al que le provocó la aclaración de Rehm. Siguió un intercambio de esfuerzos ansiosos de Keynes para que se le incluyera en el secreto, y de evasivas lacónicas de Rehm por disuadirlo sobre la base de que era demasiado riesgoso incurrir en indiscreciones. Acalló a Donald Keynes con una desdeñosa palmada al aire, y con la misma mano cubrió un forzado bostezo. El gesto sólo logró acicatear el suspenso, en el que Donald aparecía alternativamente ofendido, intrigado, a punto de rogar información e invocar los privilegios de una larga amistad. Warren Rehm decidió preguntar:

-¿Prometes que, una vez que te lo digamos, no volverás a hacer preguntas ni a tocar el tema aquí ni en ningún otro lugar? ¡Momento, momento!, no respondas: primero quiero advertirte que está de por medio nuestra seguridad personal. Concretamente: no quiero que una indiscreción tuya nos mande a todos a la cárcel. ¿De acuerdo?

Por supuesto que ni Donald Keynes, ni ningún ser humano para el caso, estaban en condiciones de negar la promesa que se le exigía o, mejor dicho, de renunciar al incitante secreto. Nos aseguró que nada ni nadie, ahí o en otro lugar, ahora ni nunca, le harían cometer una infidencia. Entonces Warren Rehm le disparó desde un flanco: “A ver, Donald, ¿qué sabes de los achicadores de cabezas?

-¿Achicadores?…¿De los achicadores de cabezas? ¿Te refieres en serio a los achicadores de cabezas, o estás aludiendo a algún psiquiatra?…Nada. No sé absolutamente nada. Es decir … “nada” …nada no: sé que le cortan la cabeza a sus enemigos y que luego la tratan con jugos que, supongo, contendrán enzimas proteolíticas, o acaso quelantes de calcio que la van reduciendo de tamaño y…

Antes de que Keynes terminara, Rehm ya lo estaba refutando con sonrisa despectiva. “No. No es así, Don- aseveró -Se acaba de demostrar que en realidad no es un procedimiento post-mortem. Se trata de cierto virus con el que los indios infectan a sus prisioneros y la cabeza se les comienza a achicar hasta que, eventualmente, el tamaño resulta incompatible con la vida.

-¡Oh! -exclamó Donald Keynes genuinamente confundido-. Pero así y todo, no veo a qué viene tanto secreto.

-Viene, mi querido Donald, a que hay cuatro casos confirmados en los Estados Unidos. Como lo oyes: el Departamento de Estado acaba de consultar a Douglas Wright, aquí presente, en su carácter de chairman del Departamento de Bacteriología y Virología. Bajo el apercibimiento de juzgarlo por alta traición y con todas las consecuencias del caso, le han informado que tienen bajo observación otros veinte pacientes dudosos, a los que se rodeó de una impresionante barrera de precaución y hermetismo. En una palabra: el virus ha entrado al territorio de los Estados Unidos, y se teme que se descerraje una epidemia. Puesto que los casos se han presentado simultáneamente en cuatro puntos muy distantes entre sí, se descarta la propagación por contagio y se sospecha en cambio de un ataque subrepticio de una potencia extranjera: guerra bacteriológica que le llaman- concluyó con maquiavelismo condescendiente.

-¡Bondad Graciosa! Pero insisto, ¿por qué tanto secreto… ¿No sería más sensato alertar a la población?

-¡Alertar a la población!, exclamó Warren tomándose la cabeza horrorizado. No, mi querido Don, no. De ninguna manera. Dios no lo permita. Habría estampidas de multitudes aterrorizadas hacia el campo, compras de pánico, bloqueo de los aeropuertos, desquiciamiento de la vida en los Estados Unidos, se armaría un pandemónium internacional, se vedaría el acceso de aviones y barcos norteamericanos a los puertos de todo el orbe, los exaltados se arrojarían por las ventanas y, lo que es mucho más grave aún: ¡caería la bolsa de Wall Street! No, mi querido Donald, no. De ninguna manera. Douglas ha jurado mantener el secreto bajo las mismas circunstancias legales que ya han mandado a varios espías atómicos a la silla eléctrica. ¿Recuerdas el caso de Julius y Ethel Rosenberg? Espanta reconocer que algunos de ellos no habrán sido en realidad “espías”, sino simplemente personas que con toda candidez dejaron filtrar información de estado, tal y como lo estamos haciendo ahora contigo…

Don Keynes miró largamente a cada uno de nosotros mientras que, a juzgar por la posición, su boca pronunciaba un inaudible “oh”. Le ha de haber resultado atroz que algunos escondiéramos la cara en un intento por contener nuestras risas, pues seguramente lo tomó como un deseo de no implicarnos en tan grave infidencia. Al cabo de un par de minutos, munido de un arsenal de preguntas, se montó con los codos sobre la mesa y enfrentó resueltamente al viejo Warren Rehm. Pero lo detuvo la mano abierta en pantalla de Warren, que sonreía sardónicamente y miraba preocupado de reojo hacia la puerta. “Olvidemos esto”, aconsejo Warren. Enseguida llamó al camarero, arrojó un par de billetes sobre la cuenta y se retiró.

Donald Keynes era el típico sabio distraído que interpretan los actores de pacotilla. Su campo de trabajo era demasiado alejado del mío y nunca supe bien a bien cuáles habían sido sus contribuciones, pero el hecho de que fuera emérito en la Universidad de Birmingham daba por descontado que, pese a su facha de boludo alegre, merecía respeto y un lugar en aquella rueda. Cumplió casi completamente su promesa. Y digo “casi”, porque tres días después preguntó gravemente y en voz baja cómo seguía “el asunto aquel”. Ninguno se animó a aclararle que se trataba de una broma, pero tampoco tuvo la cara suficientemente dura para continuar la historia iniciada por Warren Rehm. Optamos por contestar con evasivas, toser, reorientar nuestras sillas, mirar estúpidamente para otro lado, gestos que Donald Keynes habrá tomado como evidencia palpable de nuestros temores a que se diseminara el secreto. Seguramente nos imaginaba con los brazos amarrados a una silla de madera, una escupidera encasquetada en la cabeza y a punto de ser electrocutados por traidores a la patria.

Y no ocurrieron novedades hasta aquel tormentoso viernes 4 de febrero, cuando el viento, el frío y la lluvia que estrellaba su helada porfía contra los ventanales, arrearon hacia el faculty club a toda aquella gerontocracia universitaria. El hecho de que el 4 de febrero fuera además el cumpleaños de Warren Rehm, y que éste se empeñara en pagar los tragos, agregaba una nota peculiar. Más notorio aún fue que insistiera en brindar una y otra vez con Donald Keynes, hasta que el rubor fulguró en sus narices y cachetes.

Keynes miró su reloj, se preocupó por lo avanzado de la hora, se levantó. Las sillas desperdigadas y el alcohol lo obligaron a zigzaguear hacia el perchero junto a la puerta de salida, y se puso sobretodo y bufanda. También se calzó la gorra, una gorra lo suficientemente amplia como para taparle las cejas y buena parte de la nuca. Se la quitó, la examinó exhaustivamente: sí, era la suya. Ladeó la cabeza, frunció la boca y, volviéndose a calar la gorra, salió resueltamente a internarse en la borrasca. Nosotros comenzamos a entender.

Al día siguiente fue Keynes, al llegar al incipiente grupo de early birds, quien inspeccionó la puerta y los rincones con la mirada para cerciorarse de que no había oídos intrusos. “¿Qué se sabe de aquello?”, exigió con gesto sombrío. Por supuesto fingimos estupidez.

-Donald…¿recuerdas que nos habíamos propuesto no decirte absolutamente nada… hasta que tu enojo nos hizo ceder y confiarte…? -lamentó Rehm- Bueno. Mejor olvídalo ¿no?

En los días subsiguientes Keynes se fue acostumbrando a la holgura de su gorra. Pero, para su desgracia, un par de semanas más tarde fue Norman Eaton quien cumplió años y fue Warren Rehm quien insistió en brindar y volver a brindar con Donald Keynes. También fue el viejo Rehm quien marchó furtivamente hasta el perchero y volvió a cambiar la gorra de Keynes por una similar pero aun más amplia.

Se volvió a repetir la escena de la semana anterior, y un Donald Keynes entrado en copas descubrió al vestirse que ahora la gorra le llegaba hasta la mitad de los anteojos, le tapaba completamente las orejas y descansaba su borde inferior sobre el cuello. Sin darle mucha importancia la echó hacia atrás y se dirigió a la puerta. Al tocar el picaporte reaccionó como si hubiera recibido un toque eléctrico, se paró en seco, giró sobre sus talones y regresó al grupo con gesto preocupado.

-A propósito…¿Hay alguna novedad acerca de…?, comenzó a preguntarnos como quien no quiere la cosa.
Warren Rehm no podía permitir que Keynes resolviera su intríngulis: Debía interrumpir la pregunta de cuajo y disuadir toda respuesta. Se paró de un salto. “¡Sagrado Humo! ¡He sido yo, yo mismo, quien traicionó el secreto de Douglas Wright! Perdóname, Douglas”, le imploró al chairman de Bacteriología y Virología como si la indiscreción de Keynes estuviera a punto de enviarlo a la silla eléctrica de Sing-Sing, y escapó hacia el baño.

Keynes quedó estúpidamente confundido, con el abrigo a medio abrochar, la bufanda suelta y la cabeza reclinada exageradamente hacia atrás para poder ver por debajo de la visera. Nuestros rostros vueltos hacia otros lados le desaconsejaron insistir, y no le quedó otra alternativa que retirarse agobiado.

Luego me enteré de que el 26 de marzo de ese año, Keynes, Douglas Keynes, se había presentado al servicio externo del University Hospital a declarar formalmente que su cabeza se estaba reduciendo de tamaño. Decenas de radiografías de cráneo, exámenes antropométricos y muchos dólares pagados por el seguro de salud hicieron que el cuerpo médico encontrara prudente mantenerlo en observación periódica, pues es muy difícil demostrar que un proceso patológico no está teniendo lugar, sobre todo cuando el paciente no revela la causa de sus sospechas por creer que se trata de un secreto de estado. Mi periodo como visiting professor fue mucho más corto que aquellos estudios, razón por la cual jamás pude enterarme del desenlace de aquella espantosa epidemia viral.